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LA
MEZQUITA ALJAMA MUDÉJAR DE CALATORAO
Bernabé
Cabañero Subiza
Publicado en fiestas 2002

La razón de ser de
este pequeño artículo nos llena a todos de alegría, la
Asociación Cultural Barbacana - que viene trabajando desde hace
años de manera tan fructífera en esta localidad - ha conseguido
demostrar que el edificio conocido como Hospital de Peregrinos
sito en la calle Murillo, nº 6, es en realidad un edificio único
en la región y mucho más antiguo de lo que se pensaba, puesto
que se trata en realidad de la mezquita mayor utilizada por la
comunidad mudéjar de Calatorao en la segunda mitad del siglo XV.
Junto a la sala de oración mudéjar ha llegado hasta nosotros
una pequeña casa, que era utilizada en su planta baja como
escuela coránica o madrasa y en la planta superior como vivienda
del Iman. Todo ello ha llegado hasta nosotros prácticamente íntegro
y en un estado de conservación bastante bueno, si bien es
sumamente urgente la consolidación inmediata de las pinturas al
fresco y los graffiti de la madrasa, pues sino se perderán
irremediablemente.
Es un motivo de
satisfacción que haya sido precisamente en el año 2002 en el
que el Centro del Patrimonio Mundial, dependiente de
la U.N.E.S.C.O., ha reconocido la importancia internacional del
Mudéjar de Aragón, declarándolo como Patrimonío
de la Humanidad por su universalidad, singularidad y
autenticidad, cuando se haya producido este feliz hallazgo
que constituye la mezquita mudéjar de Calatorao. Para poder
comprender el significado e interés de este pequeño edificio
situado en la parte alta de esta localidad zaragozana es preciso
explicar en sus rasgos más básicos las características, hechos
históricos y desarrollo por periodos del mudéjar aragonés.
Las enormes
dificultades que encontró Alfonso I de Aragón y de Pamplona
para repoblar la ciudad de Zaragoza tras su capitulación en el año
1118 aconsejaron a éste a obrar de manera semejante a como lo
había hecho el rey Alfonso VI de Castilla y de León en 1085 al
conquistar Toledo, quien autorizó a los musulmanes de la ciudad
castellana a quedarse en ella y en su territorio. conservando la
religión musulmana, la lengua árabe y un estatuto propio a
cambio de pagar impuestos. Alfonso I tuvo que mostrarse
igualmente tolerante ante los habitantes de una ciudad como
Zaragoza que se había entregado mediante un pacto de rendición
- lo que naturalmente le hacía merecedora de un mejor trato - y
no mediante conquista. Las personas que lo desearon abandonaron
libremente la ciudad con todos sus bienes.
Por razones de
seguridad para los nuevos conquistadores, los musulmanes que
decidieron permanecer en Zaragoza, pasado el plazo de un año,
debieron abandonar el recinto amurallado y trasladarse a los
arrabales de la ciudad donde levantarían sus nuevas casas y una
nueva mezquita. Los musulmanes que pasaron a habitar los
arrabales de Zaragoza conservaron sus propiedades .rústicas y
modos de vida, así como su religión, su lengua, sus
autoridades, su legislación propia con sus jueces, y sus
impuestos especiales. Quedó reglamentado así mismo el
procedimiento a seguir en los litigios y causas existentes entre
mudéjares y cristianos. Pese a ello el abandono de Zaragoza por
los musulmanes debió ser generalizado, de tal manera que sólo
debieron quedarse aquellas personas que tenían poco que perder
con la nueva situación. La consolidación en el poder de los
cristianos no hizo sino estimular aún más la emigración, hasta
el punto de que Alfonso I se vio obligado a restringir en 1129 el
derecho reconocido a partir de Zaragoza.
Esta situación, anómala
desde el punto de vista histórico, por la que los nuevos señores
cristianos permitieron a los musulmanes que se quedaran en las
ciudades que acababan de conquistar, y la aceptación de éstos,
que contraría profundamente la doctrina coránica, y
especialmente el precepto del yihad o guerra santa, es la que
hizo posible el origen del arte mudejar. Sin embargo con el paso
de los siglos la presión fiscal sobre los mudéjares aragoneses
se volvió cada vez más asfixiante, lo que supuso la ruina económica
y la despoblación de dichas aljamas mudéjares. Estas aljamas
habían llegado a un estado de completa agonía en el siglo XV,
que culminó con la pérdida de todas las señas de identidad típicamente
islámicas, incluida su religión, en 1526 cuando se promulgó el
edicto de obligada conversión de los mudéjares a la fe católica.
La emigración de los
artistas musulmanes mejor dotados técnicamente del taller de la
Aljafería al norte de África con la conquista de Zaragoza tuvo
consecuencias fundamentales para el arte mudéjar, puesto que en
la capital del Valle del Ebro quedaron tras 1118 exclusivamente
aquellos artistas más modestos, únicamente capaces de repetir
los diseños antiguos, con unos resultados artísticos
notablemente más mediocres. Esta falta de capacidad creativa,
que se corresponde con un retroceso fundamental en la calidad de
las obras elaboradas, se observa con toda claridad en la arquería
levantada en el siglo XIV en el lado oeste del patio de Santa
Isabel de la Aljafería, que aún con su decoración pintada hoy
perdida, no debía de dejar de ser sino una burda y tosca imitación
de la verdaderamente espléndida del lado sur de época islámica.
Los contemporáneos
cristianos eran perfectamente conscientes del proceso de
aculturación a que se veía sometida la comunidad mudéjar
aragonesa, lo que explica que el arzobispo de Zaragoza Lope Fernández
de Luna hiciera venir de Andalucía artistas mucho más expertos
para la realización de las obras de carpintería y cerámica de
la capilla de San Miguel de la Catedral del Salvador de Zaragoza;
también las inscripciones epigráficas hechas por artistas
andaluces en la techumbre de la mencionada capilla de San Miguel
en estilo cúfico poseen bellísimos nexos directamente
relacionados con los de la Alhambra de Granada. Igualmente no
cabe duda de que la techumbre de la capilla del castillo de
Mesones de Isuela - patrocinada por este mismo arzobispo- es obra
de artistas andaluces, puesto que es muy similar a la que cubre
la antigua alcoba de la Reina o Anteoratorio en el Palacio Alto
de los Reales Alcázares de Sevilla. Del mismo modo, en los años
1398 y 1399 dos carpinteros toledanos, que habían sido llamados
a Zaragoza por el rey de la Corona de Aragón, estaban armando en
el Palacio Real de la Aljafería al menos una cúpula de mozárabes
en la alcoba oeste del Salón del Trono del palacio islámico.
No faltaron entre los
mudéjares aragoneses experiencias encaminadas a renovar su
vocabulario artístico: En primer lugar en los taujeles de la
techumbre de la Sala Capitular de Sijena se intentó imitar las
techumbres planas labradas por artistas fatimíes en la Capilla
Palatina de Palermo. En segundo lugar la torre de la iglesia de
Santiago de Daroca era una clara imitación del alminar de la
mezquita aljama almohade de Sevilla, conocido desde el siglo XVI
como la Giralda. En tercer lugar el artesonado de la iglesia de
Santa María de Mediavilla de Teruel recuerda por su estructura
las techumbres del Islam Occidental de la segunda mitad del siglo
XIII. Y en cuarto lugar el regreso a Zaragoza de artistas mudéjares
aragoneses que habían trabajado en la almunia del Generalife en
Granada, se manifestó en Aragón en la imitación del tambor
estrellado de la Sala de los Abencerrajes de la Alhambra en el
basamento de la Torre Nueva de Zaragoza y en la organización
decorativa de la cerámica existente en esta torre demolida en
1892, reservada para el interior de las salas donde se disponía
formando arrimaderos en vez de en el exterior como era habitual
en Aragón.
Sin embargo, todos
estos monumentos están resueltos de una manera mucho más tosca
que sus modelos, hasta el punto de que algunos de los principios
básicos de la arquitectura y la decoración islámica fueron
vulnerados por los artistas mudéjares aragoneses, como lo es que
en la Torre Nueva de Zaragoza la parte inferior estrellada pase a
ser en altura de planta octogonal, o como sucede en los
campanarios de las iglesias de Santiago y de Santo Domingo de
Daroca donde arcos lobulados actúan como arcos cobijos de otros
mixtilíneos más complejos.
El primer período
del arte mudéjar aragonés, que es el más brillante, llega
aproximadamente hasta el año 1235; fecha que coincide con la
interrupción de las obras de la Seo románica de Zaragoza y la
catedral gótica de Tarazona respectivamente, a causa de la
severa recesión económica en la que entró la nobleza y en
conjunto el reino de Aragón, tras los acontecimientos políticos
que concluyeron con la conquista del reino de Valencia y el
otorgamiento por parte de Jaime I a las tierras recién
conquistadas de un carácter autónomo dentro de la Corona de
Aragón y por tanto desvinculado al reino y a la nobleza
aragonesa, que habían financiado fundamentalmente esta empresa.
A este período corresponde la Techumbre de la Sala Capitular del
Monasterio de Sijena, desaparecida en 1936.
El segundo período,
que le sucede en importancia al que acabamos de mencionar, se
desarrolla aproximadamente entre 1250 y 1356. Los edificios más
significativos de esta época son la mezquita aljama de Fraga (1250-1325),
la techumbre y el campanario de la iglesia de Santa María de
Mediavilla de Teruel, la torre de San Pedro en esta misma ciudad
y los campanarios de Longares, Ateca, Belmonte de Calatayud y de
Santiago de Daroca. Ya a la primera mitad del siglo XLV
corresponden los campanarios de las iglesias de San Martín y del
Salvador de Teruel, y probablemente el de la Magdalena de
Zaragoza, cuya fecha exacta de construcción se ignora. Este
segundo período de prosperidad artística termina con la
devastadora guerra mantenida entre Pedro 1 de Castilla y Pedro IV
de la Corona de Aragón que asoló las comarcas occidentales de
Zaragoza y Teruel durante catorce años (1356-1369).
El tercer período
del arte mudéjar aragonés comienza en la década de 1380,
cuando empiezan a observarse los primeros síntomas inequívocos
de recuperación de la guerra mantenida por Aragón con Castilla,
registrando la documentación una extraordinaria actividad
constructiva en torno a 1400. Este tercer período del arte mudéjar
llega aproximadamente hasta 1440. A esta época pertenecen la
mezquita aljama de Torrellas, la Capilla de San Miguel de la Seo,
el convento del Santo Sepulcro de Zaragoza, el ábside de La Seo,
y las iglesias de Tobed, San Pedro Mártir de Calatayud, Cervera
de la Cañada, y Torralba de Ribota.
El cuarto período
comienza en la década de 1440, momento en el que se está
produciendo ya una sensible transformación de la arquitectura
medieval aragonesa que quizás deba relacionarse con la presencia
cualitativamente fundamental de maestros de obras y canteros
castellanos y valencianos. En la arquitectura religiosa mudéjar
se observa una drástica reducción de medios económicos y
constructivos quedando simplificado su prototipo en la mezquita
de Tórtoles a una sola nave desarrollada en sentido Este-Oeste
con un mihrab dispuesto hacia La Meca Las mezquitas de esta fecha
ya sólo conservan de su pasado islámico la forma de herradura
de sus maharib (sing. mihrab) y las inscripciones de sus
techumbres. Los edificios que subsisten de este último período
del arte mudéjar aragonés prácticamente han excluido de su
sistema ornamental los motivos de origen islámico; en este
sentido es muy elocuente el hecho de que dos de los monumentos más
característicos de los últimos momentos del arte mudéjar en
tierras aragonesas, la Torre Nueva de Zaragoza (1504-1512) y el
campanario de la iglesia de Santa María de Utebo (1544), fueran
levantados, pese a decorarse con algunos elementos de procedencia
islámica, por maestros de obras de religión cristiana, Gabriel
Gombau el primero y Alonso de Leznes el segundo. Es interesante
llamar la atención sobre el hecho de que la influencia islámica
perviviera en Aragón incluso después del edicto de obligada
conversión de 1526.
Como hemos visto, y
del mismo modo que sucedió en el arte fatimí de Egipto, los
artistas mudéjares aragoneses no sólo construyeron sus propias
mezquitas con sus alminares, sus escuelas coránicas o madrasas,
las viviendas para los imanes, decoraron sus manuscritos coránicos,
cocieron y vidriaron piezas cerámicas con símbolos islámicos y
fundieron en bronce sus amuletos y objetos personales, sino que
también recibieron el encargo por parte de mecenas cristianos de
decorar iglesias, armar techumbres en templos y capillas, y
levantar campanarios, que en los ejemplos más antiguos eran réplicas
exactas de los minaretes islámicos. La fascinación sentida por
los cristianos hacia los alminares musulmanes fue tan grande en
Aragón, que al clero y a la nobleza no les importé que artistas
mudéjares construyeran para sus iglesias torres que al copiar
tan exactamente los minaretes islámicos carecieran de vanos
concebidos para contener las campanas. Los alfareros mudéjares
aragoneses vidriaron además piezas con motivos cristianos o para
decorar iglesias y campanarios, del mismo modo que artistas fatimíes
hicieron producciones cerámicas especial mente concebidas para
comitentes coptos.
Hasta 1985, no se
conocía, sin embargo, en Aragón ni un solo ejemplo de mezquita
mudéjar, y fuera de nuestra región solamente tenemos noticia de
un ejemplo, la mezquita de la alquería de Xara (Sirnat de
Valldigna, Valencia) del siglo XV.
En algunas
localidades pequeñas, de población casi exclusivamente
musulmana, la antigua mezquita islámica siguió siendo ocupada
por los mudéjares; éste parece ser el caso de la de Maleján (Zaragoza),
localidad donde no existía iglesia, celebrándose la eucaristía
en la planta baja de la torre del castillo señorial.
La mezquita aljama
mudéjar más antigua que se conoce en Aragón es la de Fraga (Huesca),
aunque fue demolida a mediados del siglo XIX su aspecto ha podido
ser reconstituido recientemente en una serie de espléndidas
visiones tridimensionales realizadas por el Estudio de
Arquitectura de José Javier Aguirre Estop de Zaragoza con la
colaboración del autor de este artículo, que nos permiten
vislumbrar su belleza original. Esta mezquita debió ser rehecha
o al menos redecorada entre 1250 y 1325, siendo convertida en
iglesia en 1526 bajo la advocación de Santa Margarita. Del
edificio resultante de esta reconstrucción, se sabe que era de
dimensiones muy reducidas, contaba con un patio con dos fuentes
de cerámica con las correspondientes conducciones de agua y una
sala de oración. Esta última tenía tres naves separadas entre
sí por dos arquerías de arcos túmidos cobijados en arcos
lobulados. En las albanegas se dispusieron grandes medallones de
decoración geométrica, de los que parten directamente palmetas
de superficie lisa y dentada, provistas de un marco. Sobre las
albanegas se disponía un friso geométrico y encima de él una
inscripción coránica en árabe, en estilo cúfico. Se ignora el
aspecto que presentaba la fachada del mihrab.
Aunque la talla de
las decoraciones en yeso de este edificio religioso era bastante
tosca y plana, su interés para la Historia del Arte era enorme,
puesto que debido a que existía - al ser un edificio mudéjar-
un gran desajuste artístico y cronológico entre el momento en
que se construyó y el aspecto tan arcaico que presentaba
formalmente, pertenecía a la generación artística de las salas
de oración construidas en el valle del Ebro entre los años 1050
y 1150, de las que no se conserva ni un solo ejemplo.
La segunda generación
de mezquitas pertenece a lo que hemos definido como tercer período
del arte mudéjar aragonés. El ejemplo más completo es el de la
mezquita de localidad de Torrellas (Zaragoza), actualmente
transformada en iglesia parroquial bajo la advocación de San
Martín. La mezquita contaba con un alminar cuadrado con una
escalera helicoidal en el interior de tradición cordobesa,
puesto que una estructura similar existe en el alminar califal de
San Juan de los Caballeros de Córdoba de finales del siglo IX o
comienzos del siglo X. La mezquita de Torrellas poseía tres
naves paralelas al muro de la qibla y probablemente un patio de
planta ligeramente triangular. La techumbre se apoyaba sobre tres
grandes arcos diafragma con arcos apuntados que poseían cada uno
dos óculos. Los dos óculos más ornamentados eran los de la
cara noroeste del arco diafragma septentrional.
En Torrellas uno de
los dos únicos óculos que conserva parte de su ornamentación
original es de decoración completamente gótica, mientras que en
el otro, que copia ya sin ninguna capacidad de creación una
decoración del palacio de la Aljafería del siglo XI, las
molduras musulmanas se alternan con otras cristianas. El óculo
de decoración gótica de Torrellas es prácticamente idéntico a
algunos de la cabecera de la catedral de Zaragoza construida a
instancias del papa cismático Benedicto XIII por el maestro de
obras Mahoma Rami entre 1403 y 1409, por lo que la mezquita de
Torrellas debe estar construida entre 1380 y 1410. El mihrab de
la mezquita de Torrellas fue demolido al ser reorientada la
mezquita para ser transformada en iglesia.
Se conservan más
parcialmente restos de mezquitas mudéjares de esta época en
Villalba de Perejil y en Belchite el Viejo (ambas en Zaragoza).
También en esta misma provincia ha llegado hasta nosotros el
alminar de la mezquita de Huérmeda, en las proximidades de
Calatayud, que debe pertenecer a una cronología similar.
La tercera generación
de mezquitas, correspondiente al cuarto período del arte mudéjar
aragonés del que hemos hablado, se caracteriza por carecer de
alminar y de patio, y en los casos conocidos en Aragón presentan
dos naves en el caso de la de Calatorao -que es de la que trata
este articulo- y una nave en el de Tórtoles - un barrio de
Tarazona-. Ambas mezquitas de la provincia de Zaragoza son muy
similares por lo que pueden ser consideradas salas de oración
hermanas y su análisis debe de hacerse al mismo tiempo. Carlos
Esciibano Sánchez, que fue el descubridor de las mezquitas de
Torrellas y Tortoles, piensa que esta última fue construida
entre 1447 y 1455, o al menos una parte de ella fue levantada en
estas fechas.
A la sala de oración
mudéjar de Calatorao se accede por una puerta monumental de
ladrillo visto con forma de arco de medio punto, que presenta la
particularidad constructiva de que la anchura de la rosca se
mantiene en la zona de las jambas, formando el extradós del arco
por un lado y las jambas por otro una única superficie continua.
Esta puerta es bastante similar a otra que existe en Tarazona, en
el número 9 de la plaza de los Arcedianos, incluso en el tipo de
batiente de madera y el propio sistema de la clavazón.
Frente a la mezquita
de Tórtoles que cuenta con dos arcos diafragma con un arco
apuntado cada uno que definen una sola nave, la de Calatorao
contaba con dos naves de dos tramos cada una.
La techumbre de esta
última sala de oración se apoyaba en tres pilares de ladrillo
cuadrados, el primera es exento y está en el centro de la
mezquita, mientras que de los otros dos, uno está embebido en el
muro del lado este y el otro está adosado a la pared perimetral
del lado occidental. Estos pilares de ladrillo de la mezquita de
Calatorao se completan con otros cuatro, también embebidos en el
muro norte y en la esquina suroeste, pudiéndose advertir en la
actualidad como encima del pilar de la zona central del lado
septentrional existe una zapata con extremos en forma de cuarto
de bocel sobre la que apoyan las durmientes en las que descansa
la parte inferior de los lados largos de la techumbre dispuesta a
dos vertientes.
La nave de la
mezquita de Tórtoles y las de la mezquita de Calatorao son
paralelas al muro de la qibla y por tanto están dispuestas del
mismo modo que en la mezquita de Torrellas, aunque de manera
diferente a la mezquita de Villalba de Perejil donde la arquería
integrada por tres arcos de herradura que es una de las dos que
flanquean la nave central es perpendicular al muro de la qibia.
El aspecto del mihrab de la mezquita de Calatorao es muy similar
al de Tórtoles, puesto que ambos quedaban reducidos a un mero
plano rehundido que ocupa la luz del arco y por tanto no tienen
la forma de un nicho cóncavo ni de una habitación octogonal
como era lo habitual en al-Andalus. Hay que advertir sin embargo,
desde el punto de vista técnico que el mihrab de Calatorao
presenta los ladrillos dispuestos como si se tratara de un arco
enjarjado de piedra, mientras que en Tórtoles los ladrillos
recuerdan la forma de aquellos otros arcos cuyas dovelas ocupan
toda la rosca.
Todo el interior de
la sala de oración de Calatorao debió estar decorado con
pinturas al fresco que reproducían árboles de la vida, con los
que se evocaba la imagen del paraíso, del mismo modo que se había
hecho en los años centrales del siglo X en el Salón Rico de
Madinat al-Zahra (Córdoba). Esto se demuestra por ciertos
fragmentos de pintura, realizados con la técnica mencionada, con
el tema del hom o árbol de la inmortalidad, conservados en una
dependencia anexa dotada de dos plantas que era utilizada como
escuela coránica o madrasa. En esta habitación donde se enseñaba
a los niños los preceptos de la religión islámica existen además
dos graffiti de gran interés: El de mayor tamaño representa un
santuario islámico que puede evocar el enorme patio porticado
rectangular con cuatro alminares en las esquinas de la gran
mezquita de La Meca, y el segundo un árbol de la vida. En lo que
pensamos que es con bastante probabilidad la imagen del santuario
de La Meca -como se ha dicho- se representan cuatro minaretes, de
los cuales los dos centrales poseen cada uno de ellos un yamur
con cinco manzanas, como sucedía en el de época de Abd al-Rahrnan
III de la mezquita aljama islámica de Córdoba. El hecho de que
la mezquita de Calatorao estuviera en su origen completamente
pintada en su interior es coherente además con la afirmación
que contiene la visita pastoral realizada en [1548] a la iglesia
de Torrellas donde el visitador asegura que todavía eran
visibles las pinturas (insignia) de la antigua
mezquita y especialmente en la zona donde solían situarse las
mujeres para hacer la oración.
También debía estar
pintada la fachada del mihrab de la sala de oración de Calatorao
con la reproducción de un arco enjarjado, puesto que no tiene
ningún sentido que el alma del arco de ladrillo tuviera esta
forma propia del siglo IX si el enlucido la ocultaba.
Junto a la sala de
oración en el ángulo sureste se encontraba la escuela coránica
que contaba con dos plantas unidas por una escalera que no se
conserva. Delante de la mezquita existió un aljibe hoy colmatado
que proporcionaba agua a las fuentes donde los fieles realizaban
sus abluciones rituales antes de acceder al interior de este
pequeño edificio.
Aunque la mezquita
mudéjar de la aljama de Calatorao presenta un aspecto modesto es
un edificio de singular importancia, por haber desaparecido la
mayor parte de estos monumentos religiosos mudéjares a
consecuencia del edicto de obligada conversión de 1526. Por
ello, por su extremada rareza, constituye un testimonio de gran
valor y sumamente precioso para la historia de Aragón, que lo
hace digno de ser conservado, restaurado y dado a conocer
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